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Luis J. Fontana: un episodio temprano en la vida del militar, explorador y científico, que también fue museólogo

Luis J. Fontana. Su desempeño como militar, escritor, explorador del Gran Chaco y combatiente en esas geografías (hasta perdió el uso de un brazo en combate con los indios, ganándose el mote de “el manco de la Cangayé”).

Oscar Andrés De Masi

Por: Oscar Andrés De Masi

oademasi@gmail.com

19 de abril de 2026

Luis J. Fontana: un episodio temprano en la vida del militar, explorador y científico, que también fue museólogo

La construcción de la museología argentina como písteme y como práctica legitimada, en sus tres diferentes vertientes (la histórica, la artística, la científica-naturalista), reconoce en un puñado de nombres célebres como Carranza, Burmeister, Udaondo, Santa Coloma Brandsen, Gonzalez Garaño, Moreno, Ameghino, Schiaffino, Zuberbuhler etcétera, a sus fundadores y pioneros. 

En general, se ha preservado el recuerdo de los directivos (directores y subdirectores), omitiéndose aquellos eslabones menos notorios, que fueron los primeros empleados, y cuyas tareas debieron ser variadas, alternando la carga administrativa y logística, con perfiles que hoy podríamos llamar “museológicos”, “museográficos” e incluso incipientemente “curatoriales”. Su aporte no debió ser poco, en un momento del desarrollo histórico de la disciplina y su ejercicio en que no había profesionales formados en establecimientos específicos, como los hubo décadas más tarde.

Por razones de efeméride, voy a referirme a uno de ellos, cuyo nombre luce en el título y es poco conocido en esta faceta disciplinar: Luis J. Fontana. Su desempeño como militar, escritor, explorador del Gran Chaco y combatiente en esas geografías (hasta perdió el uso de un brazo en combate con los indios, ganándose el mote de “el manco de la Cangayé”), soldado naval en la Guerra de la Triple Alianza, fundador de Formosa (1879) y gobernador del Territorio Nacional del Chubut. Había nacido en Buenos Aires, un 19 de abril de 1846, es decir, hace 180 años. Sin dudas, su vida fue tan azarosa y aventurera como provechosa para el progreso del saber, al servicio de su país.

Pero al leer sus semblanzas biográficas (y existen varias en formato papel y en Internet) se ha pasado por alto un episodio que, ya en 1873, a los veintisiete años, lo pinta como un protomuseólogo argentino y un inquieto científico, formado en estos oficios junto al sabio Germán Burmeister.

Extraigo la anécdota de un documento de época que tengo a la vista: la Memoria de la Universidad, pp. 31-34.

En efecto, el rector de la Universidad, que era el Dr. Juan María Gutierrez, elevó el 1º de marzo de 1873 al Ministro de Gobierno, que era el Dr. Amancio Alcorta (fundador del pueblo de Moreno, en 1860), una nota en la cual le recordaba que ya el 14 de setiembre de 1871 había propuesto la creación del cargo de conservador dentro de la planta funcional del Museo de Historia Natural, que dependía de la Universidad y era un espacio auxiliar de la enseñanza superior en aquel ramo de la ciencia.

Las funciones a cubrir en aquel puesto eran, primariamente, mantener en orden y a la mano del catedrático los objetos para ser exhibidos en clase, y, además, enriquecer al Museo con nuevas adquisiciones, especialmente procedentes del interior.

Para el desempeño del cargo, Gutierrez había recomendado al joven argentino Luis J. Fontana, cuya dedicación al estudio de la naturaleza le era bien conocida, “y en quien descubría a un naturalista de vocación para lo futuro”. No eran pocos encomios, proviniendo de una figura consular como aquel rector. En cuanto al sueldo de Fontana, si bien no figuraba en el presupuesto (porque el cargo no había sido creado aún), sin embargo existían otras asignaciones docentes que no fueron utilizadas, por no cubrirse las cátedras en su totalidad. De allí podía extraerse la remuneración para Fontana.

Respondiendo a aquel pedido, el gobierno había decretado el 3 de noviembre de 1871 que el Museo podía darle el empleo interino al candidato, con un sueldo mensual $1.500.- hasta finalizar el año. Pero, si el cargo no era creado en el presupuesto del ejercicio 1872, entonces Fontana debía cesar en su labor.

La condición expresada al final tuvo ocurrencia, ya que en el presupuesto del ejercicio siguiente el empleo de conservador del Museo había sido “borrado”, entre “otras aberraciones” contenidas en la ley (lo dice Gutierrez), y la supresión del cargo, sigue diciendo el rector, venía a suceder “justamente cuando se ponían de manifiesto los resultados ventajosos de aquella creación y del acierto en la elección del joven Fontana, que se ha mostrado digno de su puesto y lleno de celo por enriquecer el depósito que, en parte, le estaba confiado”.

Más todavía, el celo de que hacía gala el joven dependiente, lo llevó a emprender, a sus expensas, un viaje por el Paraná hasta Asunción, con el debido permiso, “obligándose a donar a la Universidad los objetos de los tres reinos que coleccione en ese viaje”. Recordemos que Fontana ya había servido en la Guerra del Paraguay, en el escalafón de la marina, y conocía aquellos territorios.

Gutierrez no ahorraba argumentos en favor de su joven protegido: “Es probable que un hombre sin fortuna, como lo es el señor Fontana, haya contado con su módico sueldo para atender durante su ausencia de las obligaciones de padre de familia, y me parece equitativo que se provea a remediar este perjuicio causado a un buen servidor del país, aunque lo sea en un ramo que se considera erradamente subalterno y de poca importancia…”.

Y, a continuación, el rector Gutierrez va más allá aún, justificando al relevancia del propio Museo como, según dije antes, dispositivo auxiliar de la enseñanza: “… es un error el no advertir que una Universidad como la de Buenos Aires, en donde se enseña en el departamento de preparatorios los elementos de las ciencias naturales, y en el de Ciencias Exactas la geología aplicada a las necesidades del ingeniero, no puede carecer de un abundante Museo, constantemente renovado y aumentado con los objetos que requiere forzosamente el estudio serio de la materia indicada”.

En mérito a la necesidad del puesto de conservador y, a la vez, a las cualidades de Fontana, recurría Gutierrez ante el gobierno para lograr que aquella supresión del cargo fuera subsanada. Por lo demás, la suma del salario era juzgada como “insignificante” para el presupuesto global (lo cual nos resulta casi un argumento familiar en nuestros días, en que el gobierno nacional ha cerrado el Museo Nacional de la Historia del Traje fundado por la recordada amiga Mus. Susana Speroni, basándose en razones de presupuesto, que no son consistentes con la poca cuantía del gasto que aquel museo insumía).

El reclamo de Gutierrez fue atendido muy a medias, ya que el 13 de marzo de 1873 se le respondió que se iban a abonar las compensaciones salariales a Fontana solamente por el lapso de dos meses y con imputación a gastos eventuales, disponiendo el cese en el goce de haberes desde ese mismo mes de marzo y hasta que el puesto fuera incluido en el presupuesto general. 

¿Cómo siguió esta historia? No dispongo, ahora mismo, de documentos que me permitan continuar el relato y quizá poco importa. Lo cierto es que el episodio revela dos circunstancias, a cual más valiosa: la lúcida visión del Dr. Gutierrez en lo tocante a la importancia del Museo de Ciencias Naturales como recurso pedagógico universitario, y el concepto superlativo que mereció el desempeño del joven Fontana, a quien reencontramos, dos años más tarde, cumpliendo deberes militares en la Gobernación del Chaco, adonde el presidente Avellaneda lo había designado secretario de la jefatura política, y, pocos años después, fundando la ciudad de Formosa. 

No solo gobernó en aquellos territorios, lo mismo que, luego, en la Patagonia: aprovechó cada día de permanencia para organizar exploraciones y obtener evidencias
científicas.


Fontana falleció en San Juan, en el año 1920. Años más tarde, sus restos fueron llevados a la ciudad de Formosa.

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